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18.7.04

* De$de eL $ªn{Tª$ªn{TºRuM * 

Aún me parece ayer cuándo saboreaba los placeres de la vida mundana, rutinosa, cuando me ganaba el pan honradamente, sin robar y sin que ningún patrón me explotara. Y entonces llegaron ellxs y con su  llegada el mundo conocido se vio destruido y ahora me encuentro aquí, indefenso y sufriente. Me rindo, son invencibles. Son demasiadxs para uno solo, demasiado fuertes para un yo debilitado que ni siqueira ve nítidamente, demasiado ambiciosxs para rendirse al mirarme a la cara, demasiado egoístas para ponerse en mi lugar, demasiado simples para pensar más allá y reflexionar. Y se creen Dios, sólo por tener capacidades que ellxs consideran superiores o más desarrolladas y porque desde su llegada han podido con todxs quienes han querido vencer.
Veo, entre lloros, sus pies aproximándose a mi cuerpo, inmobilizado por el cansancio y la ayuda de uno de ellxs, sentado sobre mis piernas, a punto de ceder al poder de la gravedad y quebrarse.
El público está espectante. Alcanzo a ver una pequeña figura, una niña de esa extraña e incomprensible especie, que llora y se tapa por veces la cara mientras mira a su alrededor, confusa, a esos seres de ojos desorbitados y bocas abiertas sedientas de sangre que animan al que está a punto de acabar con mi vida.
Resplandece en sus manos un cuchillo. Inquieto, trato de zafarme del que me usa como asiento, inútilmente, pues hace más fuerza sobre mis exhaustas extremidades. Ya lo veo posando el cuchillo amenazadoramente en mi cuello, pero no se queda ahí, sino que sigue subiendo.  Pasa mi boca, mis ojos, mi frente... y se para detrás de mi oreja. Y allí descansa para comenzar a seccionarla. Supongo que en mi vida jamás había sentido tanto dolor, pero en el estado en que me encontraba la resiganción me pudo y, tras un pequeño escalofrío castigado con un fuerte golpe, cerré los ojos para soportar el momento inmóvil y tratar de ausentarme mentalmente de mi dolor.
Mi vida, mi hija, mis amigxs y lo poco que recordaba de mi madre se materializaron delante de mí con los brazos abiertos y en el momento en que iba a echar a correr hacia ellxs, cesó la presión sobre mis piernas.
Abrí los ojos y allí estaba, con mis orejas en la mano, paseándose, como con un trofeo que un gigande armado hasta los dientes gana en una lucha contra un enano maniatado y ciego. Estaba mareado, aunque ya no era consciente del dolor, porque ya no sentía mi cuerpo. No oía las voces ni veía a la pequeña que compartía a su manera mi sufrimiento. Todo era negro. La luz ya no me deslumbraba.


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